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Crisis y esperanza en “modo catacumba”

Por Josito, vicario episcopal.

Ha llegado inopinadamente un microbio y nos obliga a lo que por virtud no habríamos hecho nunca: nos tenemos que poner en "modo catacumba". Estamos en un escenario radicalmente diferente del que teníamos hace unos días. Como suena. Aún no lo hemos podido asimilar.

Queridos todos/as:

Con motivo de la actual emergencia sanitaria, el Cardenal de Madrid nos escribía una carta que titulaba "Dios es nuestra esperanza". Así es. Ha bastado un virus para que nuestras agendas, prioridades y programaciones vayan cayendo como un castillo de naipes. Lo mismo va a ocurrir con nuestros estilos de vida y costumbres más arraigadas. Se nos había hecho familiar la muletilla de que no estábamos ante una época de cambios, sino ante un cambio de época. Pero no nos lo acabábamos de tomar en serio. Nuestra confianza estaba en los ídolos. Estábamos demasiado adaptados a la normalidad.

Ha llegado inopinadamente un microbio y nos obliga a lo que por virtud no habríamos hecho nunca: nos tenemos que poner en "modo catacumba". Estamos en un escenario radicalmente diferente del que teníamos hace unos días. Como suena. Aún no lo hemos podido asimilar.

¿Quién lo iba a decir? ¿Quién podía pensar que nuestro cristianismo acomodado y nuestra vivencia de la fe tan poco provocativa se iban a encontrar de bruces en esta tesitura? Pues sí. El coronavirus ha venido a destronarnos. Sin embargo, en nuestra tradición las crisis y las dificultades acabaron deviniendo en imponentes oportunidades. Nuestros ancestros inspirados escribieron las más bellas páginas de la Sagrada Escritura en momentos de éxodo, exilio, destierro o persecución. Los nuestros padecieron también el confinamiento en distintos momentos, algunos -no lo olvidemos- en nuestra época. Las dificultades nunca arredraron a quienes tenían su confianza puesta en un Dios tan fuertemente comprometido con la suerte de los seres humanos que se encarnó en nuestra contradictoria condición.

Pues, hale, de repente, a lo bruto, sin pretenderlo, nos toca dar el sí de pecho y testimoniar, como los primeros cristianos, el sentido y la convicción que da la fe, la fuerza que nos regala la esperanza y la pasión que ponemos en la caridad. Estamos ante una oportunidad que Dios ha puesto en nuestra vida para que brille su santidad a través de la nuestra. Jamás habríamos imaginado vernos en estas. ¡Que imponente ejercicio de purificación personal y de toda la Iglesia!¡Qué oportunidad para una sentida y sencilla conversión de verdad!

Por eso, además de no dejar de vivir personalmente el encuentro vivo y confiado con el Señor, que se nos facilita por la conciencia más viva de nuestra vulnerabilidad, podremos redescubrir creativamente cómo realizarnos históricamente como Iglesia, Cuerpo de Cristo, en medio de la que está cayendo. No podremos hacerlo sin el Señor de la historia y sin nuestros señores que son los pobres. No nos podemos refugiar en el ¡sálvese quien pueda!, ni dejarnos llevar por el pánico, o la absolutización de la necesaria autoprotección. Las crisis suelen sacar lo mejor de las personas y, seguro, lo hará también de esos torpes y mediocres seguidores del Cristo que somos nosotros. Pertenecemos a una honrosa tradición jalonada por los santos, los mártires y tantos héroes de la caridad.

Obviamente no se trata de ser insensatos o desoír las recomendaciones que nos invitan a considerar la facilidad con la que nosotros mismos podemos convertirnos en agentes activos del contagio aún sin saberlo. Pero tampoco de extender el miedo, el espíritu timorato, escéptico o criticón de lo que hacen o dejan de hacer los demás. ¡Es la hora del Evangelio y de repensar a la Iglesia en una forma de presencia nueva!

No, felizmente no cierra la Iglesia, ni se van de vacaciones las virtudes teologales. Por eso, garantizaremos que la vida sacramental y la actividad pastoral continúen "de otro modo". Lejos de echar el cierre y que la Iglesia pase a un "off" cuasi definitivo en nuestra sociedad, se trata de volver a los orígenes, recuperar el valor de lo esencial y mostrarla con la audacia y la generosidad de nuestros mayores que "se comían ellos a los leones".

Disculpad esta larga introducción para llegar a lo que os quiero pedir a todos los sectores de la acción pastoral de la Iglesia, especialmente a quienes tenéis responsabilidad sobre ellos. Os ruego que, puestos ante el Señor, meditéis acerca de qué nos pide el buen Dios en esta hora, qué acciones pastorales creativas podemos llevar a cabo en este "modo catacumba", cómo podemos evangelizar más y mejor desde cada campo pastoral, aunque no hagamos ruido y nuestra acción pase desapercibida. Os ayudará para poneros en contexto pensar que esta situación dure unos cuantos meses y se complique más.

Como en los primeros siglos del cristianismo, la "via caritatis", a la que nos debemos en nuestra vicaría de “lo social”, se nos presenta como un instrumento privilegiado para hacer visible el cariño y la cercanía de nuestro Dios en medio de esta pandemia que pilla a nuestra gente sin mapa, sin brújula y sin norte. Desde nuestra fragilidad, los cristianos tenemos todos esos instrumentos. Juntos, con la ayuda del buen Dios, saldremos adelante, contando con el empujón tantos hombres y mujeres de toda condición que apuestan por la solidaridad.

Dad una pensada a lo que os he planteado y me decís algo. Inventaremos modos nuevos de estar juntos, empezaremos a estar no solo conectados sino, por fin. vinculados. ¿Quién iba a soñar hace días ese sentido aplauso de los vecinos a los servicios sanitarios desde todas las ventanas y balcones, por parte de quienes ¡por primera vez! se veían las caras? Era mucho peor la soledad, el aislamiento y el individualismo de ayer que el confinamiento comunitario y en red de hoy. No sólo la hermana sanidad, también la hermana informática son regalos que hemos de agradecer a Dios y a quienes ponen su ciencia al servicio de la superación de esta crisis.

Pues, eso, por favor, rezadlo, pensadlo y me contáis en unos días. Un abrazo, “virtual” por supuesto, muy fuerte y cariñoso. Josito, vicario episcopal.

 

            

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