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Un plan para resucitar a los jóvenes

Por Eduardo Martín Ruano.

La resurrección es el hecho inesperado que Jesús nos tiene reservado para romper la dinámica a la que estamos acostumbrados, para mostrarnos que siempre hay otras formas de hacer las cosas, y que esas formas están protagonizadas por la justicia, por el amor, el servicio, el cuidado del otro… y son precisamente estas las que vencen ante cualquier poder que condene, explote, desprecie y olvide. Él no resucita y nos empieza a mostrar el camino, sino que muestra el camino con su vida, con los hechos de sus años “públicos”. La resurrección nos da la confianza de que lo importante ha sido su vida y que es su acción la que hay que prolongar, ahora con la nuestra.

Quiero decir, con esto, que gran parte de la juventud ya está despierta, activa, asociada y preocupada por el devenir de nuestro mundo. Ya está participando de esos hechos comprometidos que Jesús nos mostraba con su vida. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn, 13, 15).

Pero, la sociedad y los adultos, ¿confían? ¿Apuestan por darnos unas opciones de trabajo dignas que nos permitan desarrollar nuestra vida? ¿Escuchan, por ejemplo, el grito de la juventud que clama contra la crisis y la emergencia climática? Y en la Iglesia, ¿nos escuchan? ¿se sientan a trabajar y a coordinar con nosotros y nosotras las acciones que llevan a cabo?

Hay mucha juventud dormida, que estudia por inercia, a la que le cuesta comprometerse en causas, pararse a disfrutar del momento y olvidar la inmediatez y rapidez de todas las cosas, cegada por el consumismo y por buscar la felicidad efímera. Pero ¿acaso esto es solo válido para la juventud?

La juventud con sueño

Si pensamos en una persona nacida entre 1990 y 2003, con las muchas diferencias generacionales que habría de señalar, podemos ver una estructura vital parecida. A lo largo de su etapa de estudios seguramente ha recibido conocimientos teóricos, ha asistido a clases, realizado exámenes, ha conocido amigos, amigas, pasado de curso, se ha apuntado a extraescolares… Al mismo tiempo, empieza a relacionarse a través de las redes sociales (para los nacidos en los 2000, la relación normal y en algunos casos la única), accede a la universidad y se repite el círculo de recibir conocimientos, exámenes, trabajos, relaciones, fiestas… etc. Finalmente, se adentra en un mundo laboral repleto de requerimientos de todo tipo de títulos y principalmente, lleno de adultos, en el que te piden mucha experiencia para poder hacerte un hueco.

En este desarrollo de la vida, necesitas personas referentes, que se paren a preocuparse por la utilidad que le puedes dar a tus estudios (más allá de trabajo y dinero), por el uso que haces de tus relaciones, por las vidas de tus compañeros más cercanos, por los más lejanos, por el deseo de justicia social, ambiental, política, etc. Personas que te transmitan una espiritualidad que te lleve a conocerte, a saber que tu vida es útil si la compartes y que tus talentos son fructíferos al servicio de las demás personas. Si, por el contrario, no has tenido nada de esto, se hace realmente complicado, casi imposible, esperar personas jóvenes comprometidas con las causas que crean injusticia, entre otras cosas.

Algunos datos sobre la situación de la juventud no son muy esperanzadores, pues, según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, en el 2019, la emancipación de la población joven ha descendido (más entre los hombres que entre las mujeres), solo el 18,5% de la población entre 16 y 29 años se ha emancipado. Además, la población joven sigue siendo el colectivo de edad con un mayor riesgo de pobreza y exclusión social (el 22,1% de la población joven que trabaja es pobre). La mayoría de las Comunidades Autónomas pierde población joven. Respecto al alquiler, para una persona joven, alquilar un piso en solitario supondría destinar el 94,4% del salario neto. Solo el 8% de los contratos firmados por personas jóvenes son indefinidos (51,6% son eventuales; un 32,9% son por obra y servicio…). Es decir, hay claros indicios de que la apuesta por la juventud no es suficiente.

Pienso que la mayor parte de mi generación ha vivido algo parecido a lo que describo y, lo que nos diferencia, es el acompañamiento y la confianza de personas que, a lo largo de nuestro proceso, han apostado por nuestras opciones, dejándonos libertad para decidir, pero que humildemente nos han mostrado su camino. Un camino cuyo horizonte es el compromiso allí donde vivas, trabajes o estudies, por la construcción de un mundo compasivo, es decir, que te conmueva las entrañas y te haga salir hacia fuera, a la acción; de un mundo fraterno, de cuidados de las personas y sus circunstancias, amando hasta el extremo y buscando la justicia.

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JuevesB

La juventud con sueños

Entonces, ¿la mayoría de la juventud no es consciente de la importancia que tienen sus actos y la responsabilidad que tiene en el mundo? No, ni mucho menos. Algunas, que suelen actuar en masas visibles, pareciera que vagan por el mundo sin importar lo que hay a su alrededor. Pero si nos acercamos mejor a esas masas, nos encontramos con personas muy diversas, con circunstancias distintas, que nos hacen creer en que el problema quizás no es suyo, sino una herencia de un sistema que hace tiempo que se olvidó de cuidar.

El cambio climático se ha convertido en los últimos años, en una de las luchas más visibles de la juventud, como sabemos, pero también estamos presentes, si nos buscas, de manera activa en otros muchos espacios. En el Consejo de la Juventud de España están la gran mayoría de asociaciones juveniles, de estudiantes, universitarias secciones jóvenes de sindicatos, partidos políticos; consejos de la juventud autonómicos… que luchan y trabajan, cada una desde su realidad, por crear pensamiento y responsabilidad ante algún tema o ámbito que a ellos y ellas les construya personalmente y en el que vean que merece la pena tomar parte (mujer, clima, migrantes, colectivo LGBTI+, religión, etc.)

La juventud no asociada, que es la mayor parte, también tiene sueños y deseos de ser útil en la sociedad a través de su vida y de sus acciones, pero, o se invisibiliza, o cuesta que tomen protagonismo visible. Más allá de todo esto, creo firmemente que no es la juventud por sí sola la que no actúa, si no el mirar para otro lado de una sociedad que quiere hacernos más y más productivos y poco frágiles .Donde el hecho de ser jóvenes nos lleve a buscar el consumo rápido de experiencias que requieren de poco tiempo de pararse a pensar. Somos hijos e hijas de este sistema, en el que hasta la educación a veces parece haber caído en esas inercias.

Un plan para ver la resurrección en la juventud

Por lo tanto, mi plan para ver la resurrección en los jóvenes es la confianza en nosotros y nosotras, y una apuesta real y sincera. No podemos esperar jóvenes comprometidos si no vemos referencias claras en la vida de las personas adultas que nos rodean. Jesús se les aparece a sus discípulos varias veces, de distinta forma y en distintos lugares, y no todas supieron reconocerle. Entonces, puede que sea la sociedad la que camina y no sabe reconocer la resurrección y al resucitado en la juventud, que se manifiesta de diferentes formas, en diferentes lugares, y con gestos realmente inesperados.

Y nosotros, la juventud, ¿dónde podemos tomar parte y ser esa vida que vence a la muerte? Tenemos que ser los que digamos que, como sociedad, debemos cuidar de las personas mayores, esas que en estos días hemos catalogado como “personas de riesgo” y que, normalmente, hemos abandonado, porque su atención y el tiempo de dedicación a ellas quitaba mucho para otras cosas. En estos días todos los telediarios abren con noticias relacionadas con el cuidado de las personas, especialmente las más vulnerables, palabra que se ha incorporado a nuestro día a día en esta cua-resma y cua-rentena. La vulnerabilidad como constructora de puentes, de solidaridad, en el centro de todo lo que hacemos. No deja de ser curioso para un mundo que hasta ahora parecía aparentemente invulnerable.

Debemos abanderar, jóvenes, la lucha por construir otra economía, una alternativa. No debemos permitir que se rebajen los derechos sociales de los trabajadores y trabajadoras al mínimo, que encadenemos un empleo precario tras otro, que nos arranquen de nuestros lugares de origen hacia las grandes ciudades como única opción, no puede primar el beneficio económico por encima de cualquier otro. El hecho de que nos vendan consumo y más consumo como fórmula ganadora, que nos permita comprar cosas que suplan lo que podríamos hacer si tuviéramos el tiempo que nos quita el ritmo que lleva la humanidad. Tenemos que ser nosotros y nosotras los que alertemos de que no, que no puede ser así el camino de la vida. Que optar por la vida es optar por todo lo contrario. Que queremos tener tiempo para construir una familia, para saber cocinar, para pasar tiempo con nuestros mayores, para hablar con nuestro vecindario, para ir a comprar a tiendas locales, para limpiar nuestro baño, al fin y al cabo, para vivir.

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La Iglesia del futuro

En el nivel eclesial, si intentamos imaginar la Iglesia dentro de 10 años (incluso 5), nos costaría hacerlo con la misma estructura que hay ahora. Y la razón es simple: no se puede y no tiene que ser así. Se ha demostrado que la estructura histórica ya no funciona hoy, que el diálogo con la sociedad está prácticamente roto, que cada vez cuesta más llegar a la juventud, y ¿por qué? Podría ser porque la juventud ya no necesita del acompañamiento de las personas que la forman, pero, más bien, es que la juventud dialoga de otra manera con el mundo, vive la actualidad y avanza con ella. El mensaje cristiano nos ayuda y nos sirve, y seguimos necesitándolo. Pero ¿cómo ser Cristo Resucitado en la vida de las personas de hoy? Estas son las preguntas que, como jóvenes, podemos ayudar a contestar a una Iglesia caduca, no por su público ni su historia, pues lo viejo no es siempre caduco, si no por sus formatos. Ahora bien, ayudar no significa dejar a su aire, si no, con igualdad de condiciones, sentarse a trabajar. Conseguir entablar un diálogo de igual a igual con un joven debe ser el horizonte.

Hemos de ser nosotros y nosotras, los y las jóvenes, porque desde abajo las cosas se ven desde otra perspectiva. Somos futuro, pero también somos presente. Y vemos que nuestro futuro necesita un cambio, una vuelta.

Por lo tanto, apostad por nosotros y por nosotras. Tenemos mucho por aprender, pero con la compañía de los que ya estáis activos, tejiendo red, conseguiremos ser instrumentos útiles en la sociedad.

Jóvenes, tenemos el presente en nuestras manos y el futuro por vivir, necesitamos tomar el rumbo y recuperar la opción por la vida, por la vida digna de todos los seres vivos que habitamos el planeta, un planeta que nos estamos cargando, y que no tiene mayor enfermedad que nuestras acciones. Es nuestro momento, y no tenemos otro. Es la hora y es esta hora, ya va quedando menos.

Para finalizar, como empecé, es en el reconocimiento de lo que hacemos y lo que somos, y en la confianza en nosotros, por donde la resurrección se abre paso. Quizás este confinamiento nos sirva a todos a ver los caminos por los que debemos seguir, y por los que, si seguimos, llegaremos a un punto muerto y a un destino no deseable.

Como jóvenes, queremos transmitir frescura, dinamismo, alegría, ímpetu, acción ante el mundo que amamos, del que formamos parte y en el que nos reconocemos. Siempre con esperanza, que, aunque parezca que a veces se agota: “no te rindas, porque la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra” (Papa Francisco en la Vigilia Pascual 2020).

 Publicado en Tribuna de la revista Vida Nueva, Nº 3.174, 19/04/2020.

 

            

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