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¿Quién salva a la Iglesia?

Por D. Rafael H. Larramendi Samaniego SDJ.

Los Santos no han tenido nunca la conciencia de estar salvando a la Iglesia. Al contrario, son los mejores testigos de la acción de Dios en su personal misión y saben con certeza que a la Iglesia no la salva ningún hombre, porque no es una institución meramente humana.

El mal y el pecado afectan también a los hombres de Iglesia, incluidos algunos miembros del clero o la jerarquía. Se verifica el principio clásico de Ecclesia semper reformanda. En efecto, la Iglesia siempre tiene necesidad de reforma, porque sólo en María se cumplen totalmente las expectativas de Dios sobre la Iglesia, y por eso todos necesitamos conversión.

La historia nos ha mostrado que al mismo tiempo el cielo no abandona a sus hijos y manda santos a su Iglesia para llamarla a la conversión. Hombres de fe, rebosantes de caridad, que con su pobreza y obediencia renuevan la vida cristiana. No olvidemos que, cuando ya no viven entre nosotros, por medio de la Comunión de los Santos siguen activos desde cielo en su tarea de renovación eclesial. Sin embargo, podemos advertir que ninguno de ellos ha tenido nunca la conciencia de estar salvando a la Iglesia. Al contrario, son los mejores testigos de la acción de Dios en su personal misión y saben con certeza que a la Iglesia no la salva ningún hombre, porque no es una institución meramente humana.

Precisamente el cristiano entiende que no tiene que salvar a la Iglesia, porque ya ha sido salvada por Cristo. Por eso ni puede albergar resentimientos contra la Iglesia por los defectos de sus miembros, ni tampoco alimentar proyectos megalómanos para transformarla. Incluso sabe también que su pequeña tarea cotidiana, en la obediencia al mandamiento del amor, es requerida por Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

En palabras del papa Francisco: “Se trata de ofrecernos a Él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros” (Gaudete et exsultate, 56). Por eso, el creyente es verdadero colaborador de la obra salvífica de Cristo, de tal modo que su misión, cumplida dentro de la misión consumada del Hijo y de su regreso al Padre, es para mayor gloria de Dios: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos» (Jn 15,7-8).

Ante la misma situación, pero con otro espíritu, encontramos a los que se erigen a sí mismos como salvadores de la Iglesia. Apoyados en un «saber más», que funciona como una gnosis: tienen la solución,la doctrina, el know-how, sus estrategias de influencia, etc. En su atrevimiento parecen capaces de juzgarlo todo, incluida la enseñanza magisterial de Pedro. En expresión de José Luis Restán son «recriminadores eclesiales de oficio, de izquierda y de derecha, siempre prestos, supuestamente, a salvar a la Iglesia de sus males, cuando lo que pretenden es hacerla rehén de sus proyectos miopes» (Alfa y Omega, 1 de mayo de 2018).

Incapaces de llorar por el mal, se sienten con frecuencia ofendidos, poniéndose en el centro y olvidando que es su actitud la que puede ofender directamente al Señor. Sin ponerse totalmente en juego en caridad y servicio, se protegen en el bunker de su autosuficiencia, de su discreto secretismo, o de su esquema ideológico, sea del signo que sea. Decía Henri de Lubac:

«Siempre habrá hombres que identificarán tan estrechamente su causa y la de la Iglesia, que con toda buena fe acabarán por reducir la causa de la Iglesia a la suya propia (…) Quizá olvidamos algunas veces en la práctica que la intransigentica en la fe no consiste en la rigidez apasionada con la que queremos imponer a las demás nuestras ideas y nuestros gustos personales; que la inflexibilidad a ultranza antes traiciona que protege la flexible firmeza de la verdad; que un cristianismo que adoptara deliberadamente una postura exclusivamente defensiva, renunciando a todo diálogo y a toda asimilación, ya no sería verdadero, que la adhesión sincera a la Iglesia no puede servir para canonizar nuestros prejuicios, ni para pretender que nuestros puntos de vista parciales participen del carácter absoluto de la fe universal» (Meditaciones sobre la Iglesia [Encuentro, Madrid 1980] 221-222.

Es importante advertir que quienes se escandalizan de una Iglesia “demasiado humana” o, según algunos, apartada de la verdadera ortodoxia y de la sana moral, después pretenden salvarla, y al final se arrogan para sí mismos una misión casi divina. Un ejemplo significativo de esto es el del mayordomo de Benedicto XVI, Paolo Gabriele, quien robó documentos del estudio privado del Papa y los entregó a la prensa para armar un escándalo (el denominado Vatileaks), pensando en salvar a la Iglesia, según consta en el sumario del juicio:

«Lo que siento con más fuerza dentro de mí es que actué exclusivamente por amor, diría que por un amor visceral, a la Iglesia de Cristo y a sus representantes visibles (…) Al ver el mal y la corrupción en todas partes en la Iglesia, llegué en los últimos tiempos, los de la degeneración, a un punto sin retorno, mis frenos inhibidores desaparecieron. Estaba convencido de que un escándalo, incluso mediático, podría ayudar a la Iglesia a retomar el buen camino (…) De alguna manera pensaba que en la Iglesia este papel correspondía al Espíritu Santo, de quien me sentía en cierto modo como un agente infiltrado».

Curiosamente las razones que le empujaban eran «morales», fruto de su saber particular que le llevaba a sentirse obligado a actuar, no en obediencia y lealtad, sino por propia cuenta y con clara inmoralidad.

Sin duda, hay muchas cosas en la dimensión humana de la Iglesia que puedan decepcionarnos. Decía de Lubac:

«La paciencia y el silencio amoroso serán entonces la mejor actitud... pensemos que la Iglesia nunca nos brinda mejor a Cristo que en estas ocasiones en que nos ofrece configurarnos a su Pasión... Seamos felices si adquirimos entonces, al precio de la sangre de nuestra alma, esa experiencia íntima que dará eficacia a nuestras palabras cuando tengamos que sostener a un hermano vacilante, diciéndole con san Juan Crisóstomo: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno» (Ibídem 236).

El espíritu eclesial queda bellamente expresado por Benedicto XVI en su última audiencia:

«Siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido. Ésta ha sido y es una certeza que nada puede empañar. Y por eso hoy mi corazón está lleno de gratitud a Dios, porque jamás ha dejado que falte a toda la Iglesia y tampoco a mí su consuelo, su luz, su amor… Queridos amigos, Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo. Que en nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, esté siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cerca de nosotros y nos cubre con su amor» (Audiencia, 27 de febrero de 2013).

Como testimonio final, recogemos unos apuntes personales que San Pablo VI escribió al día siguiente de clausurar el Concilio:

«Ahora: un nuevo período tras el concilio. ¿No ha terminado nuestro servicio? […] la tentación de la ancianidad: reposar […]. Pero para un siervo, un siervo de Cristo, no existe este reposo. Menos todavía para mí, «siervo de los siervos de Dios». «Amó hasta el final». Pero, ¿dónde las fuerzas?, ¿dónde la claridad de juicio?, ¿dónde la acción justa? […] Tal vez el Señor me ha llamado y me mantiene en este servicio no porque tenga aptitudes ni con el fin de que salve a la Iglesia de sus presentes dificultades, sino para que yo sufra algo por la Iglesia y aparezca evidente que es Él y no otros quien la guía y la salva» (Fernando Fuentes (ed.), Pablo VI y la renovación conciliar [BAC-Fundación Pablo VI, Madrid 2018] 121)..

Publicado en Magníficat del mes de junio de 2019 con el título “¿Salvar la Iglesia?. Agradecemos a su director el permiso para reproducir el artículo.

 

            

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